Milagro en la mano

Desde 1978 Daniel Américo Lopes es profesor de literatura egresado del Ipa, pero nunca ejerció la profesión. A comienzos de 2011, gracias al apoyo del Urbano Espacio Cultural, publicó su primer y único libro de poesía: La brújula y el barco (1963-1993). El libro recoge la (re)escritura de al menos 20 de esos años y más, pero no como una antología sino como la reconstrucción de un corpus que estuvo perdido durante mucho tiempo. Cuando hablé con él, hace ya bastante, Daniel vivía en situación de calle y no es una obra común la que pudo rescatar de su memoria. Es un proyecto de vida que tuvo su nacimiento casi dos décadas y media atrás.


Las circunstancias que rodearon la aparición del poemario conducen directamente a Paula Simonetti, una de las coordinadoras del Espacio Cultural al que,  desde 2010, Daniel asiste. Urbano es un centro que depende del MEC y del Mides y está avocado a la población en situación de calle (técnicamente “Poblaciones vulnerables”) pero en realidad es abierto, ya que el espacio se enfoca en democratizar los derechos culturales. Paula, que es Licenciada en Letras y Magister pero con una fuerte vocación educativa y social, dice: “Tratamos de coordinar actividades con el sistema de refugios. Hacemos intervenciones, presentaciones de libros, lecturas, obras de teatro, talleres, siempre tratando de insertar el arte como herramienta en el trabajo cotidiano de los equipos. La idea es que sea inclusivo, porque si seguís generando más espacios de gueto la idea no funciona. Se busca que la gente del barrio, o que no pertenece a los refugios, participe e interactúe”.

Si bien el Espacio existe desde 2010, al principio lo gestionaba una ONG. Paula conoció el proyecto en esa época y luego empezó a trabajar. A fines del año pasado la ONG no renovó sus convenios con los ministerios y entonces se decidió hacer la gestión directa desde Dirección de Cultura. De este modo “el Urbano” reabrió en una nueva etapa y se conformó otro equipo para reforzar y sostener la propuesta cultural. Paula trabaja junto a Yanin Guisande y Walter Ferreira, quien a su vez lleva adelante el Taller literario, uno de los que funciona mejor. De hecho, hace poco publicaron un libro titulado: El espejo de los náufragos (2012), financiado por el MEC, que reúne algunas producciones colectivas del taller basadas en las consignas semanales. “Al taller literario vienen entre 15 y 20 personas una vez por semana, dos horas. Es un grupo super heterogéneo, y es el taller que tiene más integración entre gente que está en situación de calle y gente que no”, cuenta Paula.

Daniel arrancó en el Urbano desde 2010 y hoy por hoy hace todos los talleres menos uno. “Yo lo veía en el taller literario como alguien medio raro, porque sus intervenciones eran (son) siempre muy eruditas. Luego me empecé a acercar y a conversar con él y fue cuando descubrí el libro. Él andaba con una bolsa de nylon  –que nadie se la puede cambiar por un bolso– con los medicamentos, unas galletitas, los documentos y el manuscrito del libro en una carpeta. Lo tenía mecanografiado y lo hacía circular entre sus compañeros, y un día se lo pedí”, recuerda Paula con entusiasmo, como si fuese ayer. Claro, hasta ese momento no tenía idea en lo que iba a terminar involucrada, ni que su papel sería tan crucial.

“Cuando me lo llevé y lo leí fue ¡pa!, este material hay que publicarlo y sentí una especie de necesidad. A partir de allí buscamos mil alternativas, imprentas, editoriales, etc., pero que me agoté. Hasta que un día le pedí una entrevista a Hugo Achugar para llevárselo. Le conté sobre el libro y sobre Daniel. Luego se tomó una hora para leerlo mientras yo esperaba, y luego salió y me dijo que tenía razón, que lo íbamos a publicar. Al salir de ahí caminaba por la calle y no lo podía creer. Cuando le dije a Daniel, quedó impactado”.


La brújula y el barco (1963-1993) se publicó a fines de 2011. Tuvo dos presentaciones, una en enero de 2012 y otra en julio de 2013. Cuenta con el prólogo de Roberto Appratto y no se vende, pero se puede conseguir en el Urbano, que queda en Paraguay 1190, esquina Canelones. Desde el punto de vista formal el libro se divide en cuatro secciones: Juego preliminar, Túmulos, poeMas y Migraciones del pirata. Tiene como apéndice un complejo texto ensayístico denominado La lección de anatomía, basado en una experiencia infantil del autor.


Luego de que fue aprobada la publicación comenzó otro proceso largo, que era transformar ese conjunto de hojas mecanografiadas en un libro. También coincidió con una recaída de Daniel [sufre de trastornos maníaco depresivos], a quien le habían manipulado la medicación desde el hospital y eso hizo un poco más difícil todo. Después, cuenta Paula, “como él no maneja una computadora, yo tuve que pasar todo el libro y transcribirlo, con todos sus detalles. Y para eso estuve noches y noches. Además tuvimos que corregirlo con él y esa instancia fue compleja, porque Daniel es super detallista y cada coma o espacio en blanco tiene su razón de ser”. Entre una cosa y otra, la transcripción y corrección duró unos seis o siete meses, trabajando casi todos los días, “porque el libro está muy pensado y además no era mío. Yo era un poco el medio y él tomaba las decisiones”.

Si uno lo tiene entre las manos se da cuenta de que el libro, pese a sus 113 páginas, muestra un diseño bastante austero. “Él lo tenía todo pensado, que iba a ser azul y negro las letras, y la tapa blanca. Es el libro que él quiso y eso se trató de respetar, pero fue difícil porque en la órbita del Ministerio hubo que negociar cosas, y estas negociaciones Daniel no las vivió”, dice Paula. Con la aparición del libro Daniel recuperó, entre otros contactos, el vínculo con el escritor Roberto Appratto. Eran amigos desde el Ipa y pertenecen a la misma generación de escritores, junto con Eduardo Milán. “Para mí –insite Paula– fue más importante que publicar un libro mío, con eso te digo todo, porque me fui haciendo la idea de que el libro tiene una importancia especial”.


 El libro está dedicado a Jorge Luis Borges desde la primera página, y en la dedicatoria –que data del 7 de abril de 1982– se explica el proyecto del poemario. Hay dos citas intertextuales del cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, que es el verdadero disparador de toda su escritura. Si uno no conoce a Borges, puede resultar complejo el reconocimiento de las claves del libro.


Pero ante la historia de su escritura y del rescate del libro, yace la pregunta: qué le pasó a Daniel. “Es como un tema medio delicado. Estuvo preso por una situación de violencia familiar complicada. Además los abogados se mandaron cualquier macana en el juicio y le dieron como 18 años, de los cuales estuvo 14 o 15, por buena conducta. En la cárcel se le potenció mucho la enfermedad, los trastornos más psiquiátricos, y cuando salió no tenía a nadie”. De todas maneras Paula es clara e insiste en que, a diferencia de un refugio, en el Urbano se trata de no indagar en la vida personal de la gente que llega, como parte de una política institucional. “Si nos cuentan los escuchamos, pero hasta cierto punto. Porque empezamos con la persona desde el momento que llega en adelante, sin indagar demasiado en lo que le pasó, en sus carencias, sino que nos enfocamos en sus ganas de hacer cosas o de crear”.

Paula y Daniel son amigos, y su relación excede lo profesional. Él está en tratamiento hace tiempo y se encuentra mejor. Recientemente consiguió una pensión por incapacidad, “gracias a que lo convencimos con otra educadora del refugio, porque estaba medio negado”. Los talleres, principalmente los que tienen que ver con el cuerpo, lo han ido soltando, y en lo que tiene que ver con los vínculos, el Urbano es una referencia muy importante para él.


Mientras Daniel me explica cómo concibió el libro, veo que rápidamente lo agarra de la mesa y busca poemas específicos para explicar ese origen. Conoce de memoria en dónde están y demora un segundo en encontrar dichas correspondencias. Le tiemblan un poco las manos al sostener su obra total, pero no le tiemblan de nerviosismo sino del entusiasmo de quien está a punto de explicar algo importante a un extraño con una grabadora. Me cuenta el argumento del cuento de Borges, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, y su voz adquiere un ritmo vertiginoso e hipnotizante. No lo puedo interrumpir, no me deja, no quiero. Hilvana una cosa con otra, establece conexiones que si uno entra al libro sin conocerlas, se puede perder una porción grande de significaciones. “Lo que yo quiero es que el lector se contagie y que a partir de la lectura escriba poesía. Como cuando yo leí el cuento de Borges y a partir de eso comencé a escribir”.

Tardó nueve años en recibirse de profesor de literatura en el Ipa. El último examen, Teoría gramatical, lo dio en la última fecha del plazo, recuerda: “Al Ipa entré en el 69 y salí en el 78, y no volví a pisar un aula. Nunca me atrajo dar clases. De hecho perdí el título. Hace un tiempo lo encargué y ya debería estar pronto pero no lo voy a levantar. ¿Para qué lo quiero?”.

 La reconstrucción y recuperación mental del libro sucedió entre 2002 y 2004, fundamentalmente los textos que rodean al 7 de abril del 1982. “Paraba en la pensión de los peruanos, y creo que por entonces comía en el Inda [Instituto Nacional de Alimentación]. Ahí fui reconstruyendo el libro y particularmente toda la sección de las “Migraciones”, porque el original de 1982-85 lo perdí”. Uno de los poemas se lo dedica a Elisabeth Cowley, ministra de la Iglesia Anglicana que lo apoyó en todo: “Yo iba a las reuniones que realizaba, y cuando presenté el libro a los premios anuales de literatura del Mec (categoría inéditos), lo pasé a máquina ahí en su oficina durante dos meses. Me iba todas las mañanas hasta las 11”, cuenta Daniel. Fueron cinco ejemplares los que presentó, pero cuando los fue a retirar solo encontró uno. Ese fue el ejemplar que llevó al taller y el que leyó Paula.


Daniel recuerda cuatro crisis maníacas. Dos de ellas creativas donde confiesa haber atravesado un período de escritura continua que duró un mes y medio o dos, y donde escribía 18 horas por día y terminaba muy feliz: “El libro yo lo estaba viviendo. Y cuando escribía de corrido hablaba de corrido. Escribí poemas de cientos de versos y era un tipo capaz de hipnotizar a la gente. En el año 82 dejé de escribir porque eran poemas tan largos que no los podía terminar, me iba a acostar con el poema inconcluso y me despertaba a las 5 horas con otra idea en la cabeza para otro poema. Lo empezaba a escribir y tampoco lo podía terminar. Entonces dije, ta, no, vamo a parar. Y en el 85 lo que lo paró fue que me golpearon la puerta. Apareció un primo político a decirme que había muerto mi padre, que hacía meses que estaba internado en la casa de una enfermera porque estaba parapléjico. Ese fue el final del segundo período. Tuve una anterior y otra posterior, que no fueron nada agradables las locuras que hice.”          

En el prólogo Roberto Appratto habla de una estructura jazzística en cuanto a los poemas. La escritura a toda velocidad produce el permanente salto de un tema a otro, dejando cabos sueltos por todos lados. Para Daniel: “el ritmo es muy importante. Pero tenés que encontrar la manera objetiva de unir cada cosa. Acá hay un cabo suelto: lo sigo. Acá hay otro: lo sigo. A partir de allí me voy acercando a las palabras claves del poema y cuando conseguís eso te sentís liberado. El texto en vez de hundirte te saca para arriba”. En el momento creativo, para él, la única salvación que produce seguir escribiendo es, justamente, seguir escribiendo: “No podés escribir, pero tenés que forzarte a escribir. Pero yo le tengo tal miedo a la fase maníaca que de ninguna manera me voy a poner a escribir de corrido de nuevo”.


Los textos que escribió del 85 en adelante son en cuenta gotas. Un poema cada meses o cada años. Ahora “mi voluntad es no escribir, los poemas salen a pesar mío”. Daniel renunció a la poesía como tres veces, y su frase cabecera cuando llega al taller literario es: “hoy no voy a escribir”. Luego termina haciéndolo pero como ejercicio o respondiendo a las consignas. Los poemas recogidos de 2010-2011 provienen de allí. En el espacio del taller escribe porque es un territorio de poesía, pero fuera del ámbito del taller no escribe ni considera hacerlo. También se le dificulta para leer: “Ya no vale la pena escribir. Para qué. Además yo soy depresivo y estoy medicado. Uno de los efectos de la depresión y de tomar ansiolíticos es que no puedo leer. Y no me lo quita la medicación, que es la que me salva de la fase maníaca. Cuando salí de la cárcel durante mucho tiempo fui a la biblioteca nacional o a la del Cabildo y descubrí que ya no podía concentrarme en los textos”.

Daniel Américo Lopes publicó un libro de poesía atrasado 30 años, y reconoce que no está al día con las novedades literarias. “Lo que Paula hizo fue una cosa extraordinaria. Agarró el libro, se fue a la Dirección de Cultura, pidió una entrevista con Hugo Achugar, y salió de esa allí con el milagro en la mano. Todo lo que tengo o tuve que decir está dicho en ese libro”. Daniel recuperó algunos vínculos e intenta salir adelante. Pudo dejar patente su huella literaria, su proyecto vital que dedica por entero a su maestro Borges, como si él mismo fuese un personaje más del imaginario mundo de Uqbar o de la enigmática Enciclopedia de Tlön.

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