El mismo Lorca, el otro Amorim

En su momento, la publicación del libro El amante uruguayo. Una historia real de Santiago Roncagliolo provocó algunas turbulencias en nuestro medio. Hoy se puede hablar de él con más tranquilidad y con algo de perspectiva pero en verdad diría casi lo mismo sobre la publicación que lo que dije en aquel entonces. Claro, ante un texto de estas características (novela por encargo cuyo título, tapa y contenido apuntan a la construcción de un best seller, con el agregado de que el texto se presenta como “una historia real” a modo de enganche) se puede optar al menos por dos caminos a la hora de leerla por primera vez si se topan con ella.


El primer camino de lectura (más difícil) es entrar a la novela despojado de prejuicios (¿es posible tal cosa?), sin saber nada acerca de la polémica que recientemente despertó; sin contagiarse de los ánimos caldeados de aquellos uruguayos que sufrieron “alta traición” –principalmente los familiares de Amorim– por la supuesta manipulación de los documentos a los que tuvo acceso el autor de la novela, excusa y a la vez soporte para elaborar esta historia; sin tampoco subirse al carro dándole con un caño a Santiago Roncagliolo –autor del libro–, por su atrevimiento (que en definitiva es parte de su trabajo), por un supuesto oportunismo mercenario a la hora de publicar la historia en tres editoriales de enorme alcance; en fin, intentar leerla de una tirada a ver qué pasa, a ver si entretiene, si “engancha”, que –muchos se olvidan– es uno de los principales objetivos (acaso el único objetivo primordial) que tiene casi cualquier  novela que hoy por hoy se escriba, y más que ninguna las novelas de este tipo, objetivo aún más necesario que pretender apropiarse ingenuamente de la “verdad” de los hechos, o intentar ser “justos” cuando se encuadra a un personaje real dentro de una ficción.

No existe la justicia real en la ficción. La verdad y lo real son categorías que se dan la espalda aquí, aunque a veces se miran recelosas por encima del hombro y nos guiñan, justamente para no tomar en serio ese pacto tácito. El lector no debe esperar aquí una historia verdadera. En este sentido, el manejo a veces caprichoso de los hechos documentados y el intento de hacer de ellos una historia escandalosa y a la vez “real”, como se propone El amante uruguayo, ponen en peligro, eso sí, la seriedad del encare. De hecho casi se puede decir que carece de tal, aunque haya documentos de por medio. Es un tema de escritura, de saber o no escribir una historia.                                                                     

Para estar preparado antes de leerla (o después, para chequear que no le hayan tomado el pelo en la librería), se puede elegir como segundo camino de lectura el siguiente: informarse un poco sobre quién fue Enrique Amorim; sobre las peculiaridades de la visita de García Lorca a Uruguay en 1934; sobre cómo fue la famosa ceremonia que se efectuó en Salto en 1953, donde hipotéticamente Amorim dio entierro a los restos de Lorca debajo de la Piedra Alta (también se puede probar ir hasta el lugar, tocar la tierra, sentir la piedra del monumento para decir “yo estuve ahí” y no encontré nada interesante) y por último, hablar con amigos del escritor o ir a consultar los archivos y documentos en la biblioteca nacional para verificar los indicios o pruebas acerca de la homosexualidad del salteño en sus cartas, o bien, consultar a académicos y especialistas en la materia para ver qué piensan sobre el tema de los restos de Lorca en Uruguay, si es un disparate o no.                                                                                      

Para realizar esta segunda lectura la bibliografía a disposición es copiosa, abundante, y en los tiempos que corren inabarcable para un sujeto normal con trabajo y obligaciones que solo quiere leer un buen texto, en lo posible entretenido, tirado en su reposera cuando salga de licencia. Para lo otro, existen las novelas históricas o las tradicionales biografías noveladas escritas por filólogos de nuestra plena confianza, también existe el History Channel, el documental comprimido en media hora por expertos, es decir, existe alguien que hace el trabajo por nosotros, con todo lo malo y lo bueno que implica dicha tarea. Ambas posiciones de lectura que proponemos aquí parecen difíciles de realizar cuando se está frente a un texto que justamente parte desde una estrategia de escritura que pretende involucrar a lectores con preocupaciones distintas y que intenta combinar varios registros dentro de sí. En el caso de esta novela, parece no dejar contento a ninguno de estos grupos.                                                              

Lo que hay que aclarar es que el libro no es ni una biografía de Amorim, ni una biografía de Lorca. El autor, en más de una entrevista lo deja claro, recorta ambas figuras, las contextualiza dentro de las primeras décadas del siglo XX frente a una galería de escritores y personalidades del arte y las opone en torno a dos o tres ejes temáticos: la homosexualidad de Amorim y su acercamiento a Lorca, las envidias y disputas amorosas de la época, de la que participan también Borges, Neruda, Girondo y otros; la personalidad camaleónica de Amorim, hilo conductor que nos lleva a su amor por la literatura y por los artistas, especialmente a la figura de Lorca.

Su admiración y enamoramiento por el poeta español quedarían simbolizados finalmente en el monumento de Salto, donde Amorim habría enterrado sus restos, luego de haberlos traídos de España. Por último, en el libro se estarían contando las cosas que Amorim no pudo decir en su época y que “quiso” que otro las contara por él, y de este modo ser recordado. Para ello el escritor salteño habría dejado un reguerío de pruebas dispersas (los documentos que permiten tejer estas y otras hipótesis rimbombantes, de la misma forma que permiten negarlas, están disponibles a los ojos de cualquier interesado) y que sirven para que Roncagliolo se embandere con una voz que vino a decir lo que Amorim planeó que se dijera.                                                                                                                                 

Cuando hace varios años la docente y novelista Helena Corbellini publicó en nuestro país el best seller La vida brava. Los amores de Horacio Quiroga (2007), no vimos aparecer familiares molestos, académicos indignados, lectores ofuscados por el manejo de la documentación que hacía hablar en primera persona (a través de un yo narrador femenino) a la propia María Helena Bravo, segunda esposa de Quiroga, para contar su no muy agradable peripecia en compañía del barbado escritor. La pobrecita María Elena sufría la tiranía del maestro de la selva. El libro, aunque documentado, eligió contar esa historia subalterna desde la perspectiva femenina y es claro, acomodó las perillas que proporcionaron el perfil adecuado a ese propósito. Clisé entendible y achacable a cualquier historia que busque vender varios ejemplares, pero no por eso menos efectiva.

La novela dio como resultado una lectura muy discutible por cierto, pero a diferencia de la propuesta de Roncagliolo con Amorim, no pretendió desde sus postulados ser “una historia real”, sino ser simplemente una historia, y en lo posible seria. Tampoco Quiroga contaba con acérrimos defensores en aquel momento (nunca los precisó), siendo ayer, hoy y seguramente mañana mucho más vigente que el propio Amorim. Un Amorim que si no fuese por Roncagliolo (un extranjero que se interesó mal o bien por su vida) o por aquellos que luego se rasgaron las vestiduras criticando la novela del peruano, casi nadie de aquí se hubiese acordado de él, de su vida, o de su obra. Y de ese olvido sistemático del cual siempre ha sido víctima Enrique Amorim hemos sido nosotros, sin duda, los únicos responsables.


El amante uruguayo: una historia real. Santiago Roncagliolo. Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara (Grupo Santillana), Buenos Aires, 2012, 396 páginas.

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