Modulaciones de la (puesta en) voz

dupla Richieri & Bravo

Es frecuente escuchar, casi como una opinión generalizada, ciertas apreciaciones derrotistas y de cierto modo conformistas sobre el género de poesía, y dentro de él, sobre el valor o el alcance de la poesía uruguaya actual. Dichas apreciaciones tienden a ubicarla en un sector ciertamente distante, desatendido o estéril con relación a otros discursos y prácticas relacionadas con la escritura o con el arte. Se dice que se lee poco y se compra menos, pese a que ahora se publica más y es más sencillo acceder al libro desde lo económico.

Se dice que no surge nada nuevo o interesante, pero tampoco hay recepción crítica o difusión por parte de la mayoría de los medios, sin que se habilite el espacio adecuado para realizar un análisis más comprometido acerca del tema. Lo cierto es que desde hace por lo menos cinco años los lugares de encuentro entre la poesía y sus nuevos “fieles”, parecerían ser los recitales, las tertulias y los ciclos de lectura, donde la poesía se ha revitalizado y logra penetrar en la retina (o en el oído) de otro tipo de público. Es que la audiencia, que la poesía a veces toma prestada de otras disciplinas, en estos casos es mucho más amigable que el lectorado, y ese tal vez sea un fenómeno de estos tiempos. Tres poetas (Luis Bravo, Gabriel Richieri y Martín Barea Mattos), de generaciones distintas y que con el tiempo han desarrollado un proyecto serio de escritura que excede lo hecho en el papel, visualizan hoy la escena poética desde la puesta en voz de su poesía, donde el texto —ya sea acompañado o mediado por la música, la performance, lo visual o lo escénico— es siempre el que manda.

Luis Bravo (1957), poeta y performer, considera que la historia de la llegada a la puesta en voz de cada uno es parte de un trabajo mayor. “Se entiende mucho más lo que hacemos si se ve como resultado de una trayectoria, que tiene una búsqueda consciente de determinadas formas de salir con la poesía”. Para él, “si estamos hablando de arte, siempre tiene que haber una elaboración previa y un cómo llegaste hasta ahí. Una de las fallas de la perspectiva actual [de la recepción crítica y del público en general], es que lo ve todo sin profundidad, sin la profundidad temporal y de elaboración que cada cosa tiene para ser lo que es en el campo del arte”. Bravo considera que hoy se consume casi todo desde un “afuera”, desde lo que está en la pantalla o en el escenario o en el set, y el análisis sobre este tipo de espectáculos debe valerse de insumos que no solamente provienen de la crítica literaria, sino de una intersemiosis, donde hay elementos pertenecientes a la música o al teatro. “Hay que armarse de una instrumentación para analizar mejor el trabajo de cada artista”, dice.

En 2008 estrenó la primera versión de su recital poético Tamudando, junto a Berta Pereira. Un año después organizó el ciclo “Esto pasa por la voz” en la Zavala Muniz y allí volvió a presentarlo, pero para entonces se habían incorporado al espectáculo Alejandro Tuana (voz, guitarras, persusión); Pollo Piriz (kalimba, bajo-tambor, flauta, coros); Leonardo Barzelli (diseñador sonoro) y Daniella Pássaro (danza y coreografía). La performance fue registrada en vivo y más tarde dio vida al dvd Tamudando, editado en 2010. Para Bravo “el arte poético no se termina con la escritura. Lograr darle la voz interior al texto, es decir, realizar la puesta en voz, es encontrar la voz del poema y lograr que hable ante una audiencia desde sus cualidades propias”. Al poner en escena su puesta en voz, el poeta investiga y amplía otros sectores de su poética. El libro de poesía requiere mucho del lector, es decir, que sea especializado, pero el espectáculo cuenta con ciertas ventajas frente a esto. En este sentido se plantea una dicotomía entre la recepción del arte poético vinculado a lo performático, frente a la recepción de estudio, insuficiente y limitada al libro de poema. Tal vez sea por esto que el público se encuentra más dispuesto a recibir el texto transformado en recital o en espectáculo, que a leerlo en un poemario. Al día de hoy en torno al término “performance” se han desplegado en el campo de las artes plásticas una serie de propuestas y de reflexiones teóricas mucho más avanzadas que en el campo de la literatura. “Es una palabra que, para mí, dice demasiadas cosas y cuando algo dice demasiadas cosas no dice casi nada”, apunta Bravo.

dupla Richieri & Bravo
Gabriel Richieri & Luis Bravo en la performance “La segunda o del ojo”, en Amarillo, 1993.

Para llevar esa acción al terreno de la poesía el elemento de la puesta en voz es un denominador común entre las tres propuestas que elegimos aquí. “Ahora le llamo puesta en voz, antes era la puesta oral, y más atrás le llamábamos la oralidad. Son conceptos que he ido ajustando a su terminología y elaborando de acuerdo a los tiempos y a elementos de reflexión teórica. Siempre que estamos hablando de la puesta en voz, hablamos también del uso multimedial (tecnológico o de otras disciplinas), pero donde el punto de convergencia entre esos elementos es la poesía”. El resultado dependerá de cada poeta, de lo que quiera hacer. “En lo personal, he ido hacia un trabajo más cercano a la voz, al trabajo fónico, de experimentación con el sonido y la verbalidad, y de intercambio o diálogo entre la verbalidad y el sonido, que hacia otros elementos de la performance”. Bravo observa que hay poetas que escriben muy bien pero que no elaboran la puesta en voz, y eso marca una diferenciación en el trabajo poético. “Si el poeta no realiza esa parte, ha dejado de lado una parcela que corresponde a su arte, que es tan importante como la escritura. Hay textos que uno no encuentra la forma para llevarlos a la puesta en voz, o se resisten, y ahí es cuando aparece el plus artístico del poeta”. El texto escrito se torna espectral ante las variaciones de la puesta en voz porque la oralidad se rige mediante otras partituras. “El poema en sí ya tiene su elaboración rítmica, y para algunos poetas esto basta. Creo que eso está bien pero en mis poemas quiero que el ritmo que está en el papel pase a la puesta en voz con un resultado también artístico. Lo mío hoy pasa por la voz y por la parte fónica del asunto. En EE.UU estuve realizando una serie de presentaciones que terminaron por conformar el disco areñal. ene topos bilingües & other sounds, junto al poeta John Bennett, entre otros. Una arenisca de voces que se cuelan libremente, arañando las categorías útiles pero siempre restrictivas de poesía sonora, sound poetry, neo-dadá, transpoetry, entre otras. areñal es sólo una de las n posibles puestas en voz de la poesía.”

Gabriel Richieri (1962) trabajó muchas veces con Bravo en diversos espectáculos. Tal vez el más importante que realizaron juntos fue La segunda “o” del ojo, en 1993, valorado y recordado por ambos. Se conocen desde finales de los años ochenta, cuando Richieri –junto a Daniel Vidal y Luis Volonté– conformó el grupo de acción poética Los Malditos, con quienes llevó adelante un ciclo de poesía llamado “Arte de Marte”, que tuvo lugar en el Cabildo. En 2007, con Gabriel Córdova, Richieri formó la banda Chicas Japonesas, donde interpreta sus textos en la modalidad de “canción hablada”. La propuesta le valió el premio Graffiti a “Mejor álbum de rock alternativo, 2009”. Una vez más la poesía, acoplada a otro formato, daba buenos resultados. A propósito de ello y de Chicas, Ana Kildina Veljacic afirma que allí “importa la presencia real del cuerpo del performer y de un público que no es sólo lector sino oyente, participante. Se produce una transformación en la poesía a través de la acumulación de intensidades en la voz y de los movimientos, que se sobre-imprimen a la palabra “gráfica”. De aquí la originalidad de lo que denominan: canción hablada”.

Hace poco, durante el mes de mayo, Richieri llevó adelante un unipersonal en el Teatro Solís, llamado “Richieri Solo. Palabra, show y poesía”. Lo que unifica ambas propuestas, “es que los textos son míos y quien los dice soy yo, pero estéticamente y en la puesta en escena son cosas bien distintas. Integro música pero no como las canciones de Chicas japonesas. Chicas es una banda donde interpreto canciones, mientras que Richieri solo es performance, actuación, clown, y una mezcla de todo”. Una sirena anuncia el comienzo del show, y con un megáfono (instrumento vocal que lo acompaña desde la década del 90) Richieri dispara los primeros versos: “Mi padre nunca me pegó / nunca me retó / nunca me arañó / mi padre nunca me tocó / nunca me bañó / nunca me olió / nunca me peinó / nunca me raspó / mi padre nunca me odió”. Cincuenta personas entran en la sala destinada al show. Se sientan de cara a un esqueleto de luces que enmarca la escena por donde el poeta se desplaza, mediante una performance que también integra el humor y la colaboración del espectador/oyente como parte de su zona lúdica. La disposición de los aparatos (instrumentos) destinados a participar en cada pista (o poema, si se quiere) se presenta bajo una planificación minuciosa: parlantes, timbre, megáfono, cajitas sonoras, pedalera, micrófono, laptop, tocadiscos, parlantes, dominan el área donde un hombre impecablemente vestido de traje comienza a “decir” sus textos, mientras cada uno de ellos lleva un acompañamiento o elaboración particular.

Se trata de una puesta en voz que se juega más a lo escénico que a lo vocal, pero el tratamiento sonoro que se hace de los textos (muchos de ellos pertenecen al libro Gravedad, publicado en 2010) es lo que intenta prevalecer, más allá de cómo están “dichos”. El público, que por momentos es llamado a participar, respeta el lugar de enunciación y no aplaude entre poema y poema, hilvanados entre canciones de Brenda Lee, Ojos de cielo y Abba, si bien el principio o final de los textos muchas veces está marcado por un timbre que Richieri se encarga de tocar. Algunos poemas se ponen en voz a través de procedimientos minimalistas de gran efecto, como el recurso de amplificar ante el micrófono la melodía tierna de una cajita musical en el poema “Invencible”: / como el carancho que grita arriba de los pinos sabiendo que esto no es un bosque / como el hombre solo que se sabe y no está solo / como el televisor apagado/ como la radio rota / como la bicicleta vieja / la que trajeron los abuelos de Europa / invencible”. O bien, la superposición de voces grababa por medio de un pedal para construir el poema multivocal “no queremos más de lo mismo”, que constituye uno de los puntos creativos más altos del show.

A Martin Barea Mattos (1968) muchos lo conocen por ser quien coordina desde 2006 a la fecha el ciclo de lecturas denominado Ronda de poetas, que se realiza todos los jueves en la ciudad vieja. Pero Martín también es poeta y artista visual. La presentación de su último libro de poemas, Por hora por día por mes en 2008, desató el piolín de un espectáculo que hasta hoy representa. Cuando publicó el libro, recuerda, “me parecía injusto que se presentara un día y luego se diluyera en la espesura de las librerías. La presentación fue una performance. Fue en un parking a cielo abierto, enrejado y cruzado a la torre de los panoramas. Y era también un diálogo con Julio Herrera y Reissig”. Luego de eso, comenzó a hacer lecturas acompañado por Facundo Fernández Luna en la guitarra, “pero yo no quería hacer lecturas”. A los dos meses se sumó un violinista, más tarde se unió Fernando Foglino con las visuales, y a partir de allí se conformó el grupo que fue bautizado con el nombre del libro (Por hora por día por mes), “porque todo lo que interpretábamos provenía de allí, y de ahí salió la banda”. Pasó a ser un proyecto donde se fueron colando textos nuevos, pero el corpus central del espectáculo pertenece al libro, que consta de noventa y un poemas, cifra bastante abultada para un poemario.

En 2011 la banda grabó en vivo el disco Odisea en el parking planetario, integrado por diez pistas. “No hay un estilo musical, sino que a lo que se responde es al carácter del texto. Si va para una cosa tangueada, va hacia ahí, si va para una milonga, va hacia ahí. Se intenta rescatar el espíritu del texto”. Es que Barea Mattos le da una importancia vital a la escritura, pero a la hora de hacerlo no piensa en las posibilidades orales de sus composiciones. “Me doy cuenta cuando lo terminé de escribir, si tiene un potencial o no. Cuando escribo, escribo. Luego veo. Hay textos que piden ser sonorizados por su potencia oral y otros que no.” En el caso del recital que lleva adelante hay un texto, no una partitura, sin embargo, se apegan al colchón de lo musical, “lo mío es un una apertura deliberada hacia el terreno de la música, de la canción, entonces se trabaja con herramientas de esa área. Lo que pasa es que no nos quedamos en chacras de estilo. De hecho la formación instrumental se aleja de lo eléctrico o tecnológico. Lo que hacemos es acústico, artesanal, por llamarlo de una manera.”

Por hora por día por mes es más recital que performance, o en todo caso es una puesta en escena (show) de poesía. A diferencia de las pistas que se pueden reproducir de manera aleatoria en un disco, “vos tenés una banda en vivo, y eso lo vuelve irremediablemente hacia un formato de recital musical con los códigos de ello, al estilo de canción 1, aplauso, canción 2, aplauso. Y eso justamente se da, por más que hagas un guión que te lleve por otro lado.” En este sentido los textos se toman como canciones, con principio y final muy marcados, por ellos y por el público. En el plano netamente performático, dice, “hay una puesta en escena que incluye vestuario y objetos, así como la aparición de los videos de Fernando Foglino (cada canción tiene su clip, donde se trabaja con la simbología urbana del parking). Yo hago las veces de poeta que marca la hoja de ruta y va llevando el show”. Más que escritor Barea Mattos se considera artista, y su eje de trabajo es siempre la poesía. En un terreno extremo en cuanto a la representación de su poesía, Martín tiene otras piezas que constituyen video-performance, donde la acción poética se desarrolla de otra manera, como en el caso de “auto / cracia”. Se trata de una pegatina de poemas visuales que realizó en 2006, en los barrios La Teja y el Cerro con la leyenda: “problema–rbl=poema”. Luego ponía debajo un celular y la pregunta “¿qué es rbl?”. “Entonces empecé a recibir mensajes y yo iba con un auto y paraba donde estaban las pegatinas y ponía lo que me decían, todo filmado por una cámara que llevaba, en una jornada de 4 o 5 horas. También iba con un megáfono recitando el poema por el mercado del puerto”.

Si tomamos en cuenta las propuestas de Bravo, de Richieri y la de Mattos, este es el más “cantor” de los tres. Luis es el más vocal y Gabriel el más tecnológico. Son formatos distintos de la puesta en voz para canalizar la poesía hacia otras zonas menos exploradas. Para Martín, “la música te lleva a lugares donde los poetas difícilmente vayan con sus lecturas. Espacios no convencionales donde la poesía prospera a través de propuestas musicales”. Según el poeta, “la gente tiene un comportamiento muy particular, vos le decís que esto es poesía, y la ve pasar, pero si le decís que es canción, se acerca”. El recital en este caso potencia al libro, porque hay otros códigos en juego que permiten volver a él y al mismo tiempo prescindir de lo escrito. “Si vos no respondes con la noción de que lo que importa ya no está en la página del libro, sino en tu aparato de decir, no tenés chance de mejorar. Va por ahí la cosa.”

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Lento, Montevideo, N° 4, julio, 2013.

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