Escribir, asumir ese riesgo

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Desde hace un tiempo junto con el crítico Francisco Álvez Francese hemos seguido de cerca a Pez en el hielo, una editorial uruguaya, artesanal y autogestionada por los escritores Daniela Olivar y Gonzalo Baz. A fines de 2017 escribí una nota sobre dos títulos de su raro catálogo poético: Vicente habla al pueblo, del argentino Vicente Luy y Rivothriller de la poeta mexicana Zaria Abreu. Por su parte, Francisco dedicó algunas palabras a las características del proyecto e hizo hincapié en la colección principal, una serie de narrativas denominadas #, a la que definió como un “muestrario de ficciones”.

 

De modo que antes de hablarles del libro debut de Daniela Olivar, La poética del riesgo (2018), quise rastrear algunos insumos que permiten trazar un recorrido de escritura mayor y ayudan a contextualizar esta publicación como parte de ese proyecto, más allá de merecer una atención puntual.

Parirse

Daniela Olivar, Dani Olivar o DaniO (Rocha, 1989) es la misma persona. Aclaro esto porque pueden encontrar su firma de varias maneras, dependiendo para qué tipo de actividad preste su nombre. Su permanente inquietud la caracteriza como una de esas personas a las que, por suerte, se nos hace bastante difícil “encasillar” de acuerdo a un  interés artístico específico, debido a que lo plasma en varias disciplinas a la vez: artes plásticas, fotografía y literatura. Siete cuentos componen su ópera prima como narradora, es decir, reunida en volumen unitario ya que hasta ahora solo tenía publicados un puñado de cuentos dispersos, como por ejemplo los tres que salieron en Querías frío, acá tenés muñeca (2016), la serie #1 de Pez en el hielo. Uno de ellos, “Titito”, es recogido nuevamente aquí como texto de apertura pero el resto del material permanecía inédito. A propósito de la edición, a nivel formal presenta un sinnúmero de inconvenientes, problema que incluso habilitaría una discusión de otra índole acerca del tipo de producto al que el lector accede. ¿Cuáles son los límites o aspiraciones de calidad de lo artesanal, de la manufactura, de lo autogestionado y cuál es su deuda, qué exigencias mínimas se piden/pedimos en la medida en que estamos ante un elemento comercializable? En este caso, la edición es muy dispareja y esto se produce en parte a la ausencia de un corrector de estilo para las pruebas pero no solo a eso sino también a la falta de atención en la lectura del propio autor y del editor (que en este caso es la misma persona). El mal empleo de los guiones de diálogo, los espacios tipográficos no establecidos o sobrantes entres las palabras, la puntuación inestable y tildes que faltan o sobran, lamentablemente hacen de este conjunto de textos más un cuaderno de apuntes impreso sin corrección en Word, que un libro mínimamente preparado para que llegue sin problemas a los ojos de un lector. Si bien este es asunto bastante importante, porque modifica totalmente la lectura directa del libro, no quisiera detenerme únicamente en eso.

Confiar

Comparecen aquí personajes semimarginales y de origen humilde, algunos con background callejero o cuya procedencia parece no ser la de nuestra capital montevideana. Ellos pueblan el universo de este libro. Un libro que desde el título se presenta como una poética (con la complejidad que conlleva suscribir a ese término) dedicada “A los que confían”. Confiar es un verbo clave que guía el trasfondo de muchas historias y atravesará el volumen de principio a fin. A su vez, la apelación al coloquialismo extremo, a una especie de oralidad descarnada, se refleja en el habla no solo de los personajes sino también del narrador. Al pasar y trabajar en el papel esos gestos o muecas vívidas, la escritura se rarifica, se descomprime y adquiere un status mayor de realidad y principalmente de cercanía. En esos traslados es donde Olivar se siente más cómoda, se suelta de manera original y con eficacia porque además su prosa tiene buen oído.

En “Titito”, dos hermanos fácilmente irritables intentan deshacerse de los objetos que no utilizan mientras su padre reforma la casa en la que ya no viven. Entre esas cosas se destacan los libros de cuando eran más chicos y no titubean ni un segundo ante la consigna “¿vamos a tirar todo esto a la mierda?”. En “Cero llanto” Lourdes nos cuenta la historia de su amiga Leti, quien ante la inevitable separación con “el negro”, ahora “tenía que cuidar al gurí sola”. El paulatino abandono a la amiga por diferentes circunstancias de la vida más tarde la invitará a reflexionar por haberle fallado: “no es fácil andar en los zapatos del otro y menos cuando el otro ni zapatos tiene”. En “Calle” conocemos a Punki y a Rafa que andan medio lokos por la ciudad haciendo cualkiera y la única forma de contarles cómo está escrito el texto es citando su gran comienzo: “Punki toma cerveza en la vereda. Capucha negra no le cubre la cara. Cara roja de tristeza. Tristeza se le sale por la nariz, se le pega al arito de alambre, cae y la deja en un pedazo de diario. En la manga del buzo. Buzo de color gris que deja el sol y la noche. Anarquía y cerveza fría. Dice. Trata de levantarse y cae. Dos veces. Tres veces. Cuatro. Salí de acá perro de mierda. Punki patea perro. Punki deja cerveza en la calle. Mete bardo y habla solo.” Y así.  En “Apto 401” Lucía y Diego alternan voces para hablarnos de su extraña predilección por el suicidio. Duermen en el living de su apartamento nuevo frente a tres hermosos ventanales pero viven sin electricidad desde hace 4 años.

Menciono estos cuentos de pasada porque en ellos Dani concentra su escritura en el trabajo con relaciones duales, o mejor dicho, en vínculos que se dan mano a mano entre dos personajes. Así, confiar es esperar lo mismo del otro, depositar esperanza en alguien o en la realización de algo; confiar es también brindarse, ser mejor, acompañar (o no) y eso es lo que hace este narrador, a veces personaje, a veces testigo, a veces omnisciente pero siempre cercano, amigo de las voces que construye: le arma un tabaco a sus personajes mientras cuentan esa historia que vos vas a escuchar. Y es en ese sentido en el que interpreto muy claramente el asunto del riesgo en la poética de Olivar. Se embarra las patas, se palpa su proximidad al daño y se deja afectar para afectar a otros con eso, gracias a eso, a través de eso. Realizar esa operación sensible no es solo poner en palabras, articular discurso, sino también vivir, contemplar de cerca, formar parte de esas historias, creerlas.

Asumir el riesgo

Una variante en la estructura de doble personaje se produce en el cuento que cierra el libro y que me parece el mejor logrado, con varias cabezas sobre el resto. Hablo de “Benteveo”. En él se nos dan a conocer algunos fragmentos del diario de vida de Carlos, una persona no vidente que se encuentra en una institución o residencia donde le brindan cuidados. Es un buen momento para destacar el proyecto Casa Ajena del cual Dani es una de las fundadoras y que funciona hace tres años. El proyecto promueve la lectura a domicilio a no videntes a partir de un libro seleccionado previamente por la persona para ser escuchado. Gracias a esta experiencia Dani vuelca en este cuento lo mejor de su narrativa al asumir el punto de vista del personaje con una lucidez extrema: “Anabella habla sin parar mientras hace el aseo del cuarto. Al principio me abruma, luego logro acostumbrarme al sonido de su voz. Los fines de semana viene otra muchacha, escucho que escribe constantemente en el celular. Demora como dos horas en hacer el aseo. Quizás no son dos horas, pero es de esos silencios donde sobra gente.”

En La poética del riesgo hay ensayo y error de técnicas de escritura, hay búsquedas temáticas de difícil dominio que vislumbran un gran potencial para contar cosas de una manera atractiva y diferente, desde una otredad significativa. Pero sobre todo, hay valentía a la hora de perseguir esas historias y hay amor puesto en cada intento. Más allá de cualquier contingencia, escribir es asumir riesgos. Y este libro tiene mucho de eso.

La poética del riesgo, de Daniela Olivar. Pez en el hielo (Montevideo, 2018), 70 páginas.

 

Catálogo de narrativas #:

#1 Querías frío, acá tenés muñeca, 2016. Lo integran cuentos de Dani Olivar y Gonzalo Baz, junto a otros de Cyntia Trafi y Hoski, e ilustraciones de Bárbara Nilson. #2 Ya llamé a la policía, 2017. Aquí escriben Carmen Ruiz, Mariano González, Diego de Ávila e Inés Durán e ilustra Ernesto L. Galbán. #3 Toda la verdad sobre la organización social de las abejas (2018). Conformado por cuatro escritores: Santiago del Valle Dávila (Chile) con ilustraciones de Diego Bonilla; María Eugenia Trías, Gonzalo Cousillas y Mariana Figueroa.

Últimos títulos del catálogo autores:

Pólvora, de Germán di Pierro (2017). Animales que vuelven, de Gonzalo Baz (2017). Próximamente: La paz es cosa de niños (2018) que recoge narraciones de diez autores de Brasil.

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