El tiempo en las campanas

IMG_20170610_150726Para cierta porción de los lectores la figura de Hebert Benítez Pezzolano (Montevideo, 1960) probablemente se encuentre asociada a su labor como docente, a sus papeles ensayísticos, a su trabajo como editor o a su copiosa investigación académica, más que a su producción poética. Sucede que han pasado trece años desde su última publicación en este rubro, lo cual —ante un examen inmediato— puede hacernos perder de vista la correlatividad que este nuevo libro le vuelve a otorgar a su esporádica obra. 

Literalmente se cuentan con los dedos de una mano sus publicaciones pero ya sabemos por Horacio que, a la hora de mostrarle las cosas de uno al mundo, está muy bien no tener apuro: Detrás del ojo mudo (1989), Introducción al límite (1993), Amor de precipicio (1996) y Matrero (2004) preceden los pasos de este sesquicentenario (2017), que el año pasado hizo su flamante entrada al vapuleado, vetusto y cansino parnaso oriental, tras haber obtenido el 1er premio de poesía inédita del MEC.

ses-qui-cen-te-na…, es bravo si te agarran distraído y te piden que digas rápidamente el nombre del libro. Es una palabra rara, exquisita pero que no memorizarías, aunque en el fondo sepas que designa algo importante, algo tan importante que de repente es mejor no remover, no definir, no recordar. En efecto, el sesquicentenario es el 150° aniversario de un suceso, ya sea el nacimiento o muerte de una persona ilustre o de un hecho importante. En este caso hay una única coordenada temporal que el yo lírico nos da a lo largo del libro: octubre de 1975. Es un dato autosuficiente que nos sitúa en el contexto local y social hacia donde la voz poética retrocede (la juventud de los 15 años) —y ahora sí— con la necesidad de remover, redefinir y cantar la sinfonía de un recuerdo que se ha prolongado más de la cuenta y se nos aparece cada vez más nítido en el presente: “Sonaron las campanas del sesquicentenario. Una sinfonía de suelas y timbales / de cuando en el balneario había torcacitas, chingolos y churrinches asombrando / las escamosas pieles de los pinos”.

Un epígrafe del poeta metafísico John Donne nos espera sentado en el pórtico de entrada: and therefore never send to know for whom the bell tolls; it tolls for thee; (“y, por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti”). La filiación conceptual se extiende, por transitiva, a la famosa novela de Ernest Hemingway, For Whom the bell tolls (Por quién doblan las campanas) [1940], que también utiliza en préstamo los versos de Donne como título para narrar la historia de Robert Jordan, un profesor republicano que lucha en la Guerra Civil española, en la cual el propio Hemingway participó como corresponsal. No me quiero ir por las ramas pero llevaría algún párrafo que otro la dedicación solo a las palabras de ese epígrafe y sus derivaciones filosóficas, para luego rastrear más o menos con éxito las posibles correspondencias con el libro de Benítez (que las hay) y la novela del norteamericano (que también las hay). Sería un muy buen ejercicio, por cierto.

Por lo que sé, la doctrina trascendental de Donne indica que cada hombre representa a la humanidad y esa multiplicidad del ser es la que hace que cada acto individual adquiera la importancia de un acto colectivo. Si aplicamos este sentido de unidad al poemario sería en vano optar por una lectura independentista de los textos, ya que las 19 “partes” de sesquicentenario (partes como de una partitura, partes como de una canción llena de variables y climas) están ligadas por una cuerda muy gruesa, tan gruesa que es capaz de sostener el movimiento de una campana pesadísima que a los uruguayos nos sigue despertando de la siesta: “y la madrugada nos cambiaba para siempre una parte del brillo de los ojos, /mandando la otra parte hacia la infancia / que como un niño cada vez más pequeño / se alejaba hacia atrás con todos sus juguetes”.

La paradoja del sesquicentenario que plantea Benítez es especial ya que conmemora el aniversario de la Declaratoria de la Independencia y de sus valores humanistas (1825-1975) ante la total pérdida o ausencia de los mismos en el momento evocado, debido a la presencia del régimen dictatorial. Siguiendo las huellas en el barro que nos dejó el jinete de Matrero en su diáspora hacia el horizonte, llegamos hasta la orilla de este nuevo poema/canción donde la mirada retorna al pasado reciente (que no será tan reciente para algunos, que no será tan pasado para otros). Esta vez el acercamiento se produce desde lo conmemorativo, acicateado por una especie de reloj vital que dejó “marcados” a los congéneres que vivieron de cerca o de lejos las oscuras peripecias de entonces. La envergadura de un proyecto de madurez poética de esta especie trae grabada la inevitable sensación de estar frente a un verdadero concepto madre que guía al creador, es decir, cuando la realidad del objeto poético es más fuerte que su referente es capaz de convertirse en otra realidad aún más potente, la de la poesía como vivencia: “el viento daba seda a los temblores de lo bello, / las ramas del imaginar coloreando las pupilas / al descubrir cuánto podían las palabras / pintarse de otro modo (…)”.

El sesquicentenario aquí no solo funciona como un tejido escritural hilvanado con destreza desde el punto de vista formal, sino que la creación de ese espacio se transforma en una excusa para que la voz adquiera el espesor de un testimonio y emerja desde el silencio para decir lo suyo; “Mientras, la brisa de la tarde nos daba el aire dulce, / aquellos sabores abrazados de inminencias, / como fotografías que aún no había sacado nadie”. La música, en este sentido, es muy importante ya que ese decir está perfectamente calibrado bajo un tono menor que atraviesa cada pasaje. No en vano se hace alusión a la batuta de Ginastera y al órgano de Bach, puesto que son referentes que dan cuenta de un proceso artesanal hecho con la palabra, con el oído, con el dolor y la experiencia. A su vez, la versificación larga encuentra campo fértil para desenvolverse a sus anchas, en parte debido al justo aprovechamiento que el recurso anafórico propicia cuando las palabras que lo guían explotan al máximo los momentos de tensión sensorial. La frase estribillo “Sonaron las campanas del sesquicentenario” funciona como disparador y de inmediato desata un torrente de imágenes que se acomodan sobre la página con una naturalidad tan vertiginosa como eficaz: (…) de cuando los verdores del mar y de los ojos / se confundieron para dar a luz a fibras del espíritu, / de cuando en los fulgores del sueño / de entre todos los brazos de las aguas / nacieron pimpollos / de una conciencia / soplos, alientos, brumas rutilantes / pájaros y liebres montaraces (…)”.

Por último, al final del volumen se incluye una sección de Comentarios donde comparecen las lecturas que Jorge Arbeleche, Rafael Courtoisie, Circe Maia y Álvaro Ojeda realizan sobre el libro. Son compatibles entre sí y cumplen con su aporte pero ninguna se sale de la lectura esperada y por la misma razón resultan ineficaces a la hora de darle al lector una interpretación verdaderamente diferente sobre el significado del libro o sobre el tratamiento del tema. En ese sentido, tal vez hubiese resultado más rica la inclusión o alternancia de voces procedentes de otros núcleos generacionales. La “buena salud” de la poesía, como se dice por allí, no depende de la calidad constatada por un puñado de jueces (mucho menos si son los mismos de siempre los que ejercen ese rol) sino de la multiplicidad de lecturas y de las interpretaciones obtenidas a partir de ellas, puesto que son las que complementan el sentido de una obra y la revitalizan, sin importar el paso del tiempo. Sesquicentenario pudo (y puede) ser un buen ejemplo para provocarlas porque es un libro de alta factura, pero hoy esas lecturas parecerían estar ocurriendo en otros lugares, lejos de los premios, lejos de los sillones. Con seguridad ofrecerían visiones muy diferentes sobre este libro, sobre el pasado, sobre el presente y sobre el estado de salud de nuestra valerosa poesía actual.

 

sesquicentenario, de Hebert Benítez Pezzolano. Antítesis (Montevideo, 2017), 48 págs.

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