Versos nuevos, tinta vieja

Gerardo Ferreira - Versos nuevos-tinta vieja - la diaria 15-08-2012

Mientras que la poesía uruguaya joven se renueva hoy más que nunca en las calles, en los slams y en proyectos periféricos respaldados por escritores y gestores, en 2011 -por ejemplo- esa renovación generacional se manifestaba de otra forma y coincidió con el debut en publicación de varios autores que hoy están haciendo camino al andar. Por entonces, su presencia simultánea obligó a modificar algunos casilleros en el tablero literario montevideano. Sobre eso hablaba la primera nota que escribí para la diaria un 15 de agosto de 2012.

 

 

versos nuevos / tinta vieja. Poetas uruguayos que publicaron su primer libro a partir de 2011

 

Desde el año pasado en la poesía uruguaya se viene desarrollando un fenómeno interesante y que constituye un proceso necesario en cualquier disciplina: la renovación. Nueve libros se editaron desde 2011 hasta el momento para reforzar esta auspiciosa corriente de recambio y su presencia obliga a modificar algunos casilleros en el tablero poético montevideano. Los libros que nombraremos a continuación no han sido seleccionados al azar entre la rica masa de títulos en verso surgidos últimamente, sino que corresponden a escritores que han publicado su primera obra.

Nueve poetas cuya edad oscila entre los 25 y 38 años se propusieron esquivar definitivamente las antologías y las publicaciones esporádicas para lograr editar sus libros individuales. El tradicional acto de iniciación es igual para todos; clausura el anonimato y permite la apertura a ese conjunto de relaciones perdurables que se tejen entre el autor, la obra y la posteridad. Publicar es una forma de legitimar, de generar interacción, y para llevarla a cabo el libro debe zambullirse dentro del complejo sistema de valores que lo ponen en el mercado para que otros lo consuman y, en definitiva, lo incorporen.

Utilizando como criterio la primera publicación, se podría decir que los poetas que comparecen aquí son nuevos (con el conflicto que este término ocasiona), pero si tomamos en cuenta que la mayoría están vinculados a las letras desde mucho antes, no servirá demasiado ese mote. Algunos son licenciados, profesores o estudiantes y tienen ya un camino personal marcado por inquietudes literarias que luego han desembocado en el libro como recipiente vital de esa experiencia. Otros se han dedicado a cultivar el oficio de la escritura canalizándolo hacia diferentes búsquedas. El libro ha funcionado como un espacio regulador, un sitio donde volcar la tinta vieja acumulada para ordenarla y luego seguir investigando sobre la escritura propia, o bien, sobre la propia escritura. No importa aquí lo nuevo, sino sus vasos comunicantes.

Nueve poetas nueve

En uno de los extremos etarios se encuentra Andrea Estevan (1974) que publicó Madrelengua (Ed. de la Crítica, 2011). En la escritura de Estevan, al decir del recordado Roberto Genta: “Vemos un especial tratamiento del lenguaje [donde] se esconden preocupaciones ontológicas de real peso, emotivo y racional”. En efecto, no es un primer libro inocente, porque sus páginas evidencian una depuración madura de las palabras y de las imágenes que se construyen con ellas. Se toma distancia de los conceptos, en general de manera lúdica, para instalar incógnitas reales sobre el papel, producto del aprendizaje o del pulso que otorgan los años. De esta forma Madrelengua no sería un punto de partida, sino de llegada, donde Estevan consigue: “dominar la lengua / temblar como rama al viento mientras el poema se escribe”.

En el otro extremo en cuanto a edad se refiere, Nicole Sus (1987) presenta Canas de Voyeur (Yaugurú, 2011). Concisos bloques de poesía jubilosa se ofrecen en este libro intenso donde el deseo campea, así como el erotismo, asuntos difíciles de encontrar en la poesía uruguaya actual. Cuando en la primera página encontramos el epígrafe acusativo de Marosa de Giorgio, el lector debe prepararse para lo que viene. El formato que utiliza Sus para desarrollar su capacidad lírica es la prosa poética. No hay una sola palabra en mayúscula en este libro, y la disposición tipográfica de los textos –centrados en cada hoja con un fondo negro–, ayuda a que la condensación de ideas plasmadas en pocas palabras sea muy eficaz. Al abandonar un poema y pasar a otro, es difícil irse sin quedar atontado por el efecto de lo anterior, así se constata: “tu sien persigue / tu lengua adorna / mi lengua adorna / la fusión contigua del placer/ me exacerbo / abrazo / chupo / lo rico más rico / se sacude / crece”.

Con Ciclotimia Chill-Out (Ed. del autor) Santiago Pereira (1983) propone desde el título un viaje que no es precisamente el de un disfrute, sino de algo que se padece, la ciclotimia como enfermedad, más allá de todo cliché posmoderno. Su complemento (el Chill out) da cuenta no solo de un género musical, pues también significa “relajarse”. Esta oposición inicial es clave para entender lo que sucede en el libro, o mejor, en su “sonido”. Con una propuesta novedosa, Pereira logra un poemario que bien pudiera ser un disco, o un mp3 para escuchar en el ómnibus hasta que uno llega al trabajo. Se asiste a un desfile de personalidades literarias y de la música, así como de palabras tomadas del registro popular/cibernético/cinematográfico, ya que se apela al rescate oral de la palabra, al rapeo constante que hace del poema una pista, “donde la música es creada no solo por sonidos tradicionales de instrumentos sino por la propia ciudad”, según acota Leonard Mattioli en la introducción a este libro publicado en 2011.

Sofía Rosa (1986) señala: “Se precisa mucho más que algunas palabras para decir algo / ¿Cuántas veces tendré que escribir esto para creerlo?”. En Falsas escrituras (Yaugurú, 2011) abundan las reflexiones lúcidas como esta. La autora, a la vez que escribe, describe el acto de escritura, cuestiona su espacio y la manera de llenarlo: “trato de formar, con pocas palabras, un verso”. Poesía íntima que ni por un segundo cavila, arropada por el propio formato del libro, compacto, pequeño, sin estridencias, y que se amolda perfectamente a su voz poética, que seguramente nos ofrezca varios títulos en el futuro.

El primer libro de Diego de Ávila (1984) es uno de los casos donde la tinta vieja logra al fin plasmarse con éxito, y esto se nota entre otras cosas por la solidez conceptual que muestra su poética. Piedra del sol de noche (Ed. Mental) se publicó este año, pese a que para muchos haya pasado desapercibido. Con la creación de la Editorial Mental (de la cual el autor forma parte) De Ávila publicó el libro que quería, en el momento que podía. La espera tiene su premio. El autor explicó que la ausencia de índice en el poemario es voluntaria, para que el volumen tuviese más fuerza como relato lineal, y para que un poema se pareciera mucho a los anteriores. El plan resultó, y gracias a ello podemos leer distintos textos que se encuentran enlazados por una sola y poderosa voz: 1) “Soy humano vivo antes que lo humano / conocedor de la muerte / conocedor del aro / la cuchilla doblada que todo círculo anida / Eso siento / El círculo del planto es evidente / Acción de derribar un árbol / Acción de olvidarlo / Por fuerza alguna adentro / es más necesario / Lo que olvido es más caliente en otro sitio”. 2) “Parezco sufrir como un hombre solo y nadie que está solo sufre como un hombre / Ya es, que no está mi imagen en el charco / ni soy el charco, ni otra cosa”. Con su libro De Ávila confirma que es una de las mejores voces de nuestra poesía, aunque curiosamente recién acabe de salir.

En una especie de libro janico Alicia Preza (1981) y Juan Manuel Sánchez (1983) publicaron juntos su primer libro, uno de cada lado en un mismo volumen. La publicación al unísono (en un diseño poco usual) se debió –en parte– a que ambos fueron ganadores del Premio Poesía Joven. Casa de los Escritores del Uruguay, 2010. Pero recién en 2011 la editorial Yaugurú se hizo cargo de la edición dual que contiene sus poemarios: en una de las caras El ojo de la lluvia (Preza) y en la otra Para las focas (Sánchez). Ambos autores escriben desde hace mucho y han ganado varios concursos que, no obstante, muestran su escritura de manera parcial. La poesía de Alicia Preza es tan cuidada internamente que por momentos se hace natural, es decir, la complejidad se vuelve instante y a la vez palabra: “Se detiene la tarde en un ladrido” o “El ojo de la lluvia es un hombre que llega” o “He caminado sin querer sobre mi propia sombra”.

Estas construcciones hablan de un camino transitado, camino en donde Preza encuentra la manera (siempre difícil) de plasmar una imagen importante utilizando un mínimo de recursos expresivos. Juan Manuel Sánchez, por su parte, invita a la ironía con su poemario dedicado a las focas: “Focas en las sopa / focas apingüinadas / meeting de focas / fumando / chimeneas”, donde el poeta participa: “Yo también aplaudo / y sostengo la pelota con mi hocico”. Poesía que se conecta con lo moral y apunta fijo, y que revuelve en lo cotidiano: “La guita nos conecta / en nuestra más esencial esencia / nos hermana enemista y enamora”. Las focas, gente de dinero, patrones engolosinados, burgueses corruptos, acaso se puedan dejar entrever a partir de los versos de este libro de J. M. Sánchez, pero no solo eso, sino también la reflexión que no queda al margen y no evita el pesimismo, todo lo contrario, lo asume y se apoya en él para seguir: “La miseria /  está tan segura / de ganar / que nos da / toda una fortuna / de ventaja”.

Ana Fornaro (1983)  es uruguaya y vivió en Francia. A su regreso se hizo un rato, y en abril de este año publicó: de a ratos (Yaugurú). A propósito del libro, Paula Ilabaca Núñez dice: “Su voz se corresponde con su cuerpo textual, con su cuerpo discursivo, su cuerpo biográfico”. Su poesía tiene sabor a lejanía, pero esa distancia se acorta porque Fornaro toma atajos, muchas veces coloquiales o introspectivos que se vuelcan a su escritura de forma directa: “Entre pelos de colores y perfume de playa rastafari / me sumerjo en ruinas de actualidad / asfixiando el bombardeo / Desvergonzada / la pregunta incesante me asedia: Cómo vivo”. Poemas escritos allá, en tránsito o en varios sitios, pero cuyo núcleo central proviene de acá. Por último, para cerrar este muestreo, cabe mencionar a Victoria Estol (1983) y a su Bicho bola (Yaugurú),  titulo comentado oportunamente por la diaria [Ver 25/07/2012]. Estol es detallista, y cuando esa virtud es aplicada al trabajo en verso, se puede esperar buena cosa. Este “bicho”, que se sabe ajeno –y acaso la consciencia de ocupar ese lugar “otro” sea uno de sus fuertes– urga en diversas situaciones de la cotidianidad, y sin empacho le advierte al sujeto: “la existencia no es un predicado”. Letras blancas amparadas tras un fondo rojo crean el escenario propicio para que el lector viche y a la vez se sienta “vichado” por esta voz poética, que se muestra aún más despierta allí donde “el ojo se cierra para hacer foco”.

Un denominador común

Si miramos de cerca, seis de los nueve escritores mencionados han encontrado en la editorial Yaugurú una escotilla de salida para dejar tras de sí su primer mojón. Se sabe: es una apuesta arriesgada publicar poesía en los tiempos que corren, y aún más si son primeros libros y encima de “jóvenes” o nuevos. Por eso, la sana conducta de abrir el juego, de dar el espacio y de generar la brecha por la cual se puedan ir colando los que llegan, es algo que debería no sólo mantenerse, sino imitarse. De esta manera se incentivaría un poco más a los creadores, y en especial a los poetas, que por falta de “salida” de sus obras, deambulan o detienen durante un lapso indefinido esa tarea que muchos ya han demostrado saber hacer, es decir, escribir.

 

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