La memoria en estantes

Esta fue mi primera nota para El Boulevard, allá por 2012, y trata sobre el Archivo literario de la BN. Muchos de ustedes habrán tenido la revista entre sus manos. Tal vez no este número en particular sino cualquiera de los que tuvo a lo largo de muchos años. Era un producto lindo, hecho con amor a la profesión y que a la gente le gustaba leer, toparse con él en el descanso de cualquier escalón o en la cantina de alguna facultad. Y por todo eso se la extraña. 

Nota de sección: En todas la versiones resubidas que esta sección reúne agregué algunos detalles a las notas. La mayoría son atemporales, otras no tanto. También actualicé información y corregí erratas, pero en escencia son aquellas mismas piezas, con los mismos errores y con los mismos aciertos, si alguna vez los tuvieron.

 

Archivando la memoria

La Biblioteca Nacional, entre otras funciones, conserva y custodia la memoria escrita de nuestra cultura. Cualquier institución que levante una estatua de Sócrates o de Cervantes a sus puertas para recibir a los usuarios tiene el derecho de hacerlo. Dentro de la biblioteca —aunque gran parte de sus lectores diarios no lo sepa— funciona el Departamento de Investigaciones y Archivo Literario, cuya existencia (si bien bajo otros nombres) se remonta al año 1945.

Rodó a la cabeza

En 1940, el profesor e investigador Roberto Ibáñez tomó contacto con Julia Rodó, quien puso a su disposición una abultada cantidad de documentos de su hermano, José Enrique Rodó. Ibáñez, al tiempo que comenzó a trabajar sobre el material, sugirió a la heredera la posibilidad de donar esa valiosa colección al Estado. Y así fue. En 1944, conforme al testamento de Julia Rodó, la biblioteca recibió unas 40 mil piezas documentales del autor de Ariel. Sí, 40 mil. El director, por aquel entonces Juan Silva Vila, convocó a Ibáñez para que continuara la clasificación de los papeles. Gracias a este empujón inicial, en 1945 se creó la Comisión de Investigaciones Literarias, cuyo presidente honorario fue el propio Ibáñez. Dicha Comisión se encargaría de organizar la caótica colección Rodó que, según se dice, estaba conservada provisoriamente en bolsas de arpillera, latas, cajas y mazos atados, como todo buen acervo literario.

Debido al buen trabajo efectuado por la Comisión, en 1947 Julieta de la Fuente, viuda de Julio Herrera y Reissig, donó la documentación del poeta, constituida por manuscritos, fotografías y objetos personales. Con este segundo voto de confianza, Ibáñez visualiza claramente las posibilidades y el potencial del emprendimiento y concibe la idea de recibir los documentos de otros escritores nacionales a través de un proyecto mucho más ambicioso: el INIAL, que fue creado finalmente en enero de 1948 mediante la ley 11.032. El Instituto Nacional de Investigaciones y Archivo Literario (eso significa la sigla), pese a estar dentro de la biblioteca, no pertenecía a ella. Sin embargo, en 1961 el Instituto fue intervenido por resolución ministerial para ser evaluado mediante una investigación administrativa. Juan E. Pivel Devoto fue nombrado director y confeccionó un reglamento que establecía el protocolo de acceso a la documentación custodiada. El Instituto perdería su autonomía y se preparaba para ser incorporado a la biblioteca. En 1965 la ley 11.032 es derogó y las funciones atribuidas al INIAL pasaron a ser cumplidas por el hoy Departamento de Investigaciones de la Biblioteca Nacional, que heredó el trabajo del INIAL, así como las 15 colecciones pertenecientes a autores de la generación del Novecientos (Julio Herrera y Reissig, Eduardo Acevedo Díaz, Horacio Quiroga, Florencio Sánchez, Javier de Viana, Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou, entre otros), que constituían el Archivo Documental. Ibáñez, en desacuerdo, se aleja.

- Gerardo Ferreira - El Boulevard
La memoria en estantes – El Boulevard #6

           Actualidad del archivo 

El Archivo custodia originales, correspondencia, objetos, fotografías, documentos, etc., de los escritores uruguayos más importantes. Este material puede consultarse casi en su totalidad por los usuarios, que en su mayoría son investigadores o estudiantes avanzados que ya saben dónde o qué buscar y, si no saben, se manejan. Sin embargo, para alguien que no tenga idea de dónde está el archivo, llegar hasta su acogedor recinto y gozar de esa ventana al pasado puede resultar tarea engorrosa, y más si no se tiene algo de paciencia, pues hay que sortear algunos “obstáculos”.

Luego de subir la escalinata principal que conduce hacia el interior de la biblioteca, es necesario apersonarse ante recepción y, antes de que nos comuniquen que la biblioteca está de paro o “en Asamblea”, debemos decir que se quiere ir al Archivo Literario. De esta forma podremos pasar el primer escollo. Una vez que se entra hay que doblar a la derecha de los ficheros de madera y meterse por una puerta que al pasar se cierra lentamente sin hacer ruido, cosa insólita por su tamaño y por la fingida violencia que muestra al cerrarse. Allí el visitante asistirá a un pasillo-galería donde lo miran de reojo personajes como Delmira, Quiroga o Espínola, inmortalizados en retratos fotográficos en blanco y negro incrustados en la pared. Al pasar es casi imposible no detenerse frente a los rostros al menos durante unos segundos. El pasillo conduce hasta otra escalerita blanca que no ofrece demasiada resistencia y deposita al visitante en un corredor donde hay que repetir la operación pero esta vez de doblar a la izquierda. Allí un pasillo en diagonal te lleva a un puerta de madera que dice: “Archivo Literario”.

Su encargada es la Sra. Virginia Friedman, cuya mirada seria es lo primero que nos recibe detrás del escritorio. Pero esa seriedad luego del primer intercambio se torna olvido y da paso a una muy agradable persona con quien conversar y, sobre todo, de quien aprender. Entró en 1979, en plena dictadura. En aquel momento, al frente del archivo estaba Mireya Callejas y el director de la biblioteca era Arturo Sergio Visca. Virginia “lo veía poco, porque en general él venía de mañana y otro poco de tarde, y yo de tarde no estaba”. Junto a ella hoy trabaja apenas un técnico: Marcelo Marmoria. El Departamento, a su vez, depende de la dirección y por esta razón cada permiso que el usuario necesite con relación al archivo debe solicitarlo mediante carta a la directora Esther Pailos Vázquez. Tuvimos que hacer lo propio para conversar con Friedman, para quien este procedimiento es normal y de alguna manera determina la endurance del usuario: “Si la persona realmente tiene interés, sigue adelante con cada trámite”. Acá no se viene a jugar.

El flujo de usuarios que llega al archivo “siempre fue más o menos igual”, dice Virginia, quien pasó a ser encargada a partir de 1999, cuando se jubiló Callejas. Con todo, son más de 30 años en la institución para ella. “Organizamos el trabajo de acuerdo a lo que se va archivando, clasificamos las series y las guardamos”, porque el archivo no trabaja sobre el material: presta el material en vivo. Quien sí organiza las actividades de extensión y publicación es el Departamento de Investigaciones. Cualquier persona o institución puede donar, pero no se aceptan donaciones que no tengan que ver con el archivo. Los libros se donan en otra sección de la biblioteca, salvo que formen parte de lo donado, es decir, que vengan junto con la colección. De todas formas, “si no existen en el archivo, lo aceptamos”. No toda la gente dona el material de la misma forma. “Hay gente que te hace el inventario detallado de lo que va a donar y ahí se hace el acta”. O a veces “las personas no tienen la menor idea de lo que tiene el familiar y lo mandan. [Entonces] se hace un inventario y se le da una copia al que donó y la otra queda en la biblioteca”. Puede pasar un período incierto entre una donación y otra pero en general llegan seguido, asegura Virginia. La más grande que entró recientemente fue la de José Pedro Díaz, que llegó por tandas desde fines de 2009 y principios de 2010, y luego de 2010 se incorporó la de su compañera, la poeta Amanda Berenguer. A principio de 2012 también se incorporó la de María Esther Gilio. La colecciones que ingresaron recientemente son las de Hugo Alfaro, Carlos Martínez Moreno y Mercedes Ramírez.

Tapa final-02
Foto de tapa: Sebastián Mayayo / Acólita letrada: Chiara Hourcade

Pese a todo, al archivo le falta marketing. “Ahora la gente [nos] conoce más. Antes venían los extranjeros que ya sabían, pero había gente de acá que decía ‘ah, yo no sabía que esto estaba funcionando’. Ahora no pasa eso”. Igual, uno no se entera de lo que puede consultar sobre cada autor hasta que entra al archivo. Lo más cercano en cuanto a difusión es la Nómina de las colecciones que puede encontrarse en los ficheros del Departamento o bien en la web de la biblioteca. Al final de la nota se puede acceder al listado de colecciones y misceláneas elaborado por Friedman y actualizado hasta fines de 2017 en colaboración con la archivóloga Mirtha Duarte y otros colaboradores. Según nos comenta Friedman, es insuficiente y se está intentando hacer una base datos de las 143 colecciones con las que cuenta hoy en día el archivo, para poder subirlas y consultarlas online pero “eso lleva mucho tiempo, porque son muchos los datos que hay que llenar y no se va a hacer de un día para el otro”. Otro problema es que hay colecciones que pueden no estar procesadas completamente, como por ejemplo la de Ángel Falco, que si bien ha sido inventariada, fue clasificada por la investigadora Deborah Rostán, pese a que su trabajo no fue para la Biblioteca Nacional sino como parte del proyecto de investigación I+D: “Cultura libertaria en el Uruguay de la modernidad (1880-1928)”, financiado por la CSIC y cuyo titular responsable fue el Mag. Daniel Vidal.

Cuidado especial                             

Por un lado, “mientras [los materiales] no pasen los cincuenta años, que es lo que demoran los derechos en llegar a manos del Estado, las cosas que estén inéditas y las cartas, hay que pedir autorización a los familiares para verlas”. Por otro lado, hay materiales que llegan con indicaciones especiales. A veces los donantes agregan alguna cláusula donde dice: “esto se puede prestar ahora, o no se puede prestar, o se presta luego de que pase tanto tiempo”. Por ejemplo, Julieta de la Fuente, viuda de Herrera y Reissig, determinó eso. Si bien había entregado ya las cartas a Ibáñez, no podían leerse hasta después de que ella falleciera. Los hijos de Jesualdo Sosa, con motivo de una exposición en 2005, también determinaron la apertura de cartas que hasta ese momento permanecían con un sello de 20 años para poder leerse, según nos comentó la encargada del archivo. “Hay que respetar. Ni siquiera los investigadores de acá pueden tocar o trabajar con ese material”.                                                     

Para el investigador que va al archivo se ofrece una atención personalizada, pero solo se habilita la transcripción como forma de reproducción. No se pueden utilizar cámaras o hacer fotocopias. Se puede pedir que digitalicen el material que se precisa (scan o fotografía), en cuyo caso van incluidas en un CD que se debe abonar junto con las reproducciones pedidas. En los documentos el daño producido por la luz es acumulativo, de ahí que “el usuario no puede hacer reproducciones por cuenta propia”, dice Virginia y frunce el seño. En ese sentido el archivo es inflexible con respecto a otros sitios de consulta documental, locales y regionales, donde sí se deja tomar fotografías sin flash por el usuario. “Bueno —dice, con su tono cordial y casi riendo—, pero acá no.”


Archivo literario

Horario: Lunes a viernes de 10 a 16 horas.

Teléfono: 24096011-12-13 int. 234.

Contacto: vfriedman@bibna.gub.uy

Nomina de colecciones actualizada / 2017 (desde escritorio mejor ver en fullscreen o descargar el pdf y desde mobile hacer zoom o descargar):

Proyectos destacados:

Archivo Delmira Agustini – Cuadernos digitalizados

En el archivo de la Colección Delmira Agustini existe un ítem llamado “Originales”, con una descripción exhaustiva de sus manuscritos. La edición digital de la totalidad de estos manuscritos es un trabajo en curso que se mostrará en dos etapas. En esta primera, se presentan cinco de los siete cuadernos de la poeta. Ellos contienen, además del testimonio de su escritura inicial y de diversos aspectos de su sensibilidad y sus costumbres, la gestación y el proceso de crecimiento de los tres libros editados en vida: El libro blanco (1907), Cantos de la mañana(1910) y Los cálices vacíos (1913).

Colecciones digitales de la BN y publicaciones periódicas digitalizadas

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